Carta de un Peregrino.

Esta carta ha sido publicada en El Diario Montañes:

Qué alegría, qué pena, llegar a Santo Toribio

Carlos Cámara del Castillo

Sr. director: He finalizado recientemente el camino de peregrinación desde Santander a Santo Toribio, un camino de una belleza extraordinaria. Acompañado de amigos, de una buena conversación y con mucha motivación personal no resulta duro. Llegar a Santillana la primera etapa, de allí hasta Comillas, seguir hasta San Vicente, finalizar la siguiente en Quintanilla, llegar hasta Lebeña para finalizar con la dura subida hasta Cabañes y por fin el último día la tan esperada Puerta del Perdón. En el último repecho, que tras kilómetros se hace duro, te empiezas a llenar de gozo y de satisfacción. Has quedado con parte de tu familia, con tus hijos pequeños para que vean llegar a papá y eso te hace sentir una alegría difícil de explicar. ¿Que alegría! Pero el peregrino que ha caminado durante horas se encuentra no la Puerta del Perdón, sino unas vallas metálicas y a dos guardas jurados que te mandan al final de la cola de las visitas, de los cientos de personas que han subido en excursiones organizadas dentro de magníficos autobuses climatizados. Piensas, voy a esperar a que salga algunos de los frailes Franciscanos de la Congregación religiosa Custodios de la Cruz, que seguro está dispuesto a recibir de otra manera a los peregrinos. Pues es la segunda decepción. Por fin olvidas todo esto para, tras esperar pacientemente en la cola, perfumando el entorno con los efluvios del peregrino, tener la posibilidad de entrar acompañado de los tuyos por la deseada Puerta. Al entrar en el Monasterio, no hay bancos para que se sienten los peregrinos, no más de 12 el pasado domingo, sino que están copados por las personas que han llegado poco más o menos que de excursión. Eso sí, tengo que decir que desde todos los lados se puede seguir la ceremonia, gracias a las magnificas pantallas de televisiones de pantalla plana, que probablemente son el fruto de alguna subvención pagada por todos y pomposamente inauguradas por algún consejero. En fin, que se ha convertido la Misa del Peregrino -que no espere ser recibido por nadie- en un atractivo turístico, como si de la Cueva del Soplao se tratara. Una gran decepción. ¿Que pena!. De cualquier modo, quiero terminar esta carta de queja aconsejando la Peregrinación a todo el que pueda hacerlo. La alegría que proporciona nada ni nadie es capaz de borrarla.



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