El “Tio” Juan Manuel un carmoniego de 96 años

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Noventa y seis años a sus espaldas ; casi un siglo de mundo a cuestas y cuerda para rato. Todavía hace unos días este “tío” Juan Manuel se hallaba subido en el tejado de la cuadra de su propiedad, allá, junto al palacio de Mier, poniendo en orden unas tejas, a fin de evitar las posibles goteras cuando lleguen las lluvias. No es un hombre que permanezca inactivo mucho rato y por ello hubimos de buscarle por el pueblo. Como viejo zorro en su madriguera, le encontramos echando un cigarro a la sombra “a la vera” del ganado.
Luego ya al sol, nos diría: -Aquí nací y aquí estoy.

Si señor, ahí está, tan pimpante, con magnifico humor y un aspecto envidiable. Todo un patriarca, con ocho hijos, veinte nietos, dieciocho bisnietos.
Habla y entre bocanada y bocanada de humo, hace un gesto, para tratar de captar mejor nuestras palabras adelantando la cabeza. Después de manera leve nos cuenta su vida.

Yo llevo albarcas todavía. Aquí, en tiempos hubo un albarquero en cada casa, sabe. Y con este oficio compartí, como otros, el de cuidar el ganado y subir hasta el pueblo de Sejos en aquella época en que había osos y lobos, a cuidar las vacas, permaneciendo en las cabañas hasta tres meses. Vi mas de uno de esos animales por allá arriba.
¿Mato alguno?
Yo nunca fui cazador.

Parece como si ese oficio ancestral de hombre-cazador no hubiera ido con estas gentes de Carmona. Al “tío” Juan Manuel le gustaba la paz plena con los habitantes del bosque, el compartir las jornadas con los amigos. Y así, entre éstos contaba a Manuel Llano, el escritor costumbrista nacido en Sopeña.

Yo era muy amigo de Manuel Llano, por que aunque nació en Carmona vivía aquí, en el barrio de La Pesa y su padre era de mi edad. Aquel hombre no se dedicaba a nada. Venia y charlábamos de cosas, sin mas.

De vez en cuando, el cigarro de nuestro personaje aparecía en sus labios. El tono amarillento de aquel “papel” nos llamo la atención y, curiosos, hicimos un inciso en la conversación para preguntar por la clase de envoltura que utilizaba el viejo carmoniego.

Es hoja de maíz. Yo la utilizo desde hace más de sesenta años. Compro el tabaco de picadura y… ¡ ya esta ! No hay mejor papel…

Observamos atentamente, ya mas interesados, el cigarrillo con aspecto de “canalón” italiano. Estas hojas de maíz se obtienen de las panojas seleccionadas cada año para la nueva semilla, conservadas por las mujeres en manojos. No hay mas que cortarlas al tamaño deseado con una navaja o tijeras y guardarlas enroscadas. Pero la cosa así de simple resulta que requiere un proceso extraño para su utilización como “papel” de cigarrillo: aquella especie de pasta retorcida ha de ablandarse con saliva, antes de poder ser utilizada; una vez adquiere la flexibilidad deseada, ya puede manipularse.

-Todos los hombres del pueblo fumaban antiguamente los cigarrillos con hoja de maíz. Hoy solo yo empleo este sistema.

Se lo vimos repetir en una nueva ocasión. Vimos como la hojuca retorcida era ablandada, pasada una y otra vez por la lengua; la vimos consumirse en la boca del nonagenario lentamente, como una pavesa. ¿ A que le sabrá ?

Dos viajes hice a Andalucia y en los dos me llevé conmigo la hoja de panoja, para fumar mis cigarrillos.
Imagínese la cara que ponían allí.

Esta misma, este mismo asombro de la nuestra y no solo por el cigarrillo, sino por nuestro singular personaje, cuyo secreto de longevidad podría hallarse no sabemos si en su régimen alimenticio, en su método de vida o en su temperamento…

– No tengo ningún secreto: Duermo unas doce horas diarias: trabajo de acá para allá, bebo un vaso de vino con las comidas tan solo y fumo mucho. Lo unico que me falla por ahora es la vista. Voy a tener que ir a Santander a que me vea el oculista.

Entrevista sacada de el libro “Cantabria de pueblo en pueblo”, editado en 1981 por la Caja rural de Santander y el diario Alerta.

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