El viejo pescador

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Gonzalo Lastra (86 años)

Viejo lobo de mar, retirado de su profesión de marinero, aunque no tanto que no alcance a verle con frecuencia, puesto que vive a escasa distancia de la costa en el barrio de Pedroso, don Gonzalo Lastra, cuenta en la actualidad 86 años de edad. Tan amigo del mar como de los animales, vive rodeado de perros, sus fieles compañeros. Hablar con este hombre es enfrentarse a un hombre de vivos reflejos todavía, socarrón y desconcertante…

-¿Gonzalo Lastra dicen…? No lo conozco… No se quien les ha mandado a verle, si es mudo. Pregúnteselo a los perros.

Estas fueron sus palabras cuando nos acercamos al barrio de Pedroso y preguntamos a nuestro mismísimo personaje por… él mismo. Después de la broma todo discurrió normal y amablemente. Su vida de marino, la de Noja… de todo nos daría cuenta.

-Era un niño apenas y ya andaba metido en el mar a congrios y otros peces y cuando contaba doce años me compre una chalupa y todos los marineros protestaban por temer que me pasara algún percance. Pero mis padres eran carteros, con un sueldo de 18 duros al mes y había que ayudarles. Pese a todo tuve que vender mi barco y marcharme a Santander a trabajar en un almacén de vinos de la calle de Pedrueca. Regresé años mas tarde a Noja a trabajar como cochero de un señor que aquí le llamábamos Don Tancredo. Y cuando tuve edad para matricularme como marinero en Santoña me enrolé en un barco de pesca y me dedique a la pesca del bonito y de la anchoa. Hice la mili en San Fernando y compre un nuevo barco después, a mi regreso.

-¿Había mucha pesca en esta costa?

– Mucha. Yo a veces, salia a pescar un congrio, por que había dicho a los de casa que esperaran a prepararlo para la colación… Y al poco rato venia venia con él. Pero la pesca también me dio buenos disgustos. En una ocasión salí de casa a las siete de la mañana y no regrese hasta las seis de la mañana del día siguiente, con el consiguiente disgusto de la familia y los vecinos que esperaban en la playa, creyendo que me había pasado algo. Aparecí con un cargamento de congrios. Otra vez cale en una zona de bastante calado, me tumbé a la espera de que picaran, cuando sentí que un pez tiraba fuerte, me puse a recogerlo con un forcejeo tremendo hasta que al fin logre embarcarlo; pero al cogerlo de la cola me dio tal coletazo que me lanzó al agua; me salvé asido a un tolete y depues de muchos apuros logré salvarme yo, pero el pez se escapó…

-¿Valía mucho el pescado en aquella época de su juventud?

– Muy poco. Nosotros solíamos ir a vender centollos a peseta, hasta Santoña y otros lugares, y costaba venderlos. También se encontraban cerca de aquí langostas. Hoy no queda nada.

-¿Como era la villa de Noja?

– Un pueblo pequeño y muy tranquilo. aquí venían a veranear las familias de Garnica, los marqueses de Albaicin, los Alba, los Collantes, los Botella… A la playa no venían mas que los de los pueblos de alrededor. Los únicos establecimientos que teníamos eran la tienda de Miguel, el cojo, y la de Pepe Ruigomez, en ellas pasábamos el rato. Y si salíamos del pueblo, lo hacíamos en un coche de caballos, hasta Beranga y después en un coche correo, de motor, ya, que estaba amarrado hasta con alambres.

Entrevista sacada de el libro “Cantabria de pueblo en pueblo”, editado en 1981 por la Caja rural de Santander y el diario Alerta.