Los “morios”

No todos conocen la palabra, aunque si todos han visto esas paredes de piedras superpuestas sin argamasa que las una, que cierran huertas y prados, en toda la provincia, de cuyo nombre hablaba ayer don Tertulio, con sus compañeros de la hora del café.
-¿Sabéis lo que es un ‘morio’? Es la palabra de nuestra jerga montañesa con que se designa a esas paredes de cierre de fincas rústicas, que parecen sostenerse milagrosamente en pie, en un extraño equilibrio, colocadas a ojo de buen cubero, sin plomada ni tales cosas que valgan.
-¿Y a qué viene eso? -preguntó don Penicilio.
-A que esos cierres son un elemento etnográfico de interés, tan antiguos como el hombre mismo, que así cerraba sus propiedades, con un elemento tan simple como la piedra que hallaba a mano. La zona de Cueto al mar muestra un impresionante conjunto de morios separadores de aquellas fincas, creando un paisaje singular, casi laberíntico…
-¿Y…? -preguntó don Ceanúreo, ahora.
-Pues que si, como parece, en esa zona se va a construir un campo de golf, esos elementos desaparecerán y con ellos un pedazo de la historia rural de Cueto y de la región. Esas formaciones las he visto en Escocia exaltadas en algún reportaje de la ‘tele’, porque las han apreciado en su valor étnico. Y aquí…
-Ya entiendo: tú consideras que debieran haberse declarado esas formaciones, como de interés etnográfico para preservarlas de esas acciones. Pero, hijo mío, privan otros intereses. Eso no es la Plaza Porticada para dejar unas piedrucas al aire, que no son las de Pompeya, precisamente -concluyó don Tertulio.

Publicado en El D.Montañés por Mann en la sección diaria que tiene por nombre de Don Tertulio, os recomiendo no perderos sus articulos.

Coplas al cagar

Cagar….
oh placer divino,
que a mi corto parecer
aunque sea el más cochino
y nada tenga de fino,
cagar, ¡ ay compañeros!
compara al mejor placer.
Por eso vengo a cantar,
pobre de mí mal poeta,
lo que la humana paleta
nunca se atrevió a pintar.
Por eso vengo a ensalzar,
los placeres del cagar,
que no se deben quedar
en un silencio de muerte.
La vergüenza,
y yo no se de la vergüenza el porqué,
si en ello no hay ningún mal
porque aquí el hecho real
es que todo el mundo caga.
Desde el aprendiz sin paga,
al anciano mariscal.
Y caga el rico, aunque ello sea
mierda dura o diarrea,
en un retrete lujoso;
Caga el pobre mas sarnoso,
la mierda es igual de fea;
Caga la Guardia Civil ;
caga el cuerpo de bomberos,
los obispos, los rateros,
los jueces y el alguacil.
y el solemne magistrado,
El general implacable,
el jovencito atildado,
el truan desarropado,
el príncipe del papado
y la suegra del alcalde.
Y caga la triple ligera,
la mujer gorda y fondona
la infanta, la comadrona,
la reina y la verdulera.
Y caga el Cardenal Primado,
y el Ministro de Trabajo,
el Jinete Enmascarado,
el Duque del Infantado
y el Señor Martín Artajo.
Y en lista de cagadores,
perderíamos la cuenta,
porque lo cierto es señores
que en tan agudos dolores,
el que no caga revienta.
Es una verdad señores
imposible de negar,
no intentemos disfrazar
siempre la mierda con flores.
Veámoslas como son,
con opinión imparcial
y decidir al final
si tengo o no la razón.
Imagínate lector,
si a mis estrofas honor,
hace tu vista pasando;
Imagínate a tu amor,
tu dulcinea, cagando…
Porque caga, es la verdad,
y aunque el mundo en tonterías
solo busque poesías,
mira tú, la realidad.
Mira, cómo está sentada,
y como los dientes aprieta
y tiene una mano quieta
sobre su falda arrugada,
mezcla de dulzura y hiél.
Y en la otra mano… un papel,
basto, fino como quiera.
Es que no puede lanzar
el complejo de la carga,
esa mierda retrasada
que se resiste a escapar
de donde esta aprisionada.
Mas, se oye un escape atrás
se ha tirado un pedo… Zas…
ya ha quedao descansada,
y casi se pone hasta tiesa.
Amigo, lector no es bulo,
esto es una dicha eterna,
ahora levanta la pierna,
y después se limpia el culo.

Extraído del libro “Masio el de La Hayuela-El trovador de Cantabria

Rabeladas

Las rebeladas son esas palabras unidas con tanta gracia por la cultura popular y en manos de un buen rabelista nos pueden hacer partirnos de risa, seguro que alguna vez les habeis escuchado, sabeis de lo que hablo…

rabel

Las hay de muy diferentes temas: mujeres, hombres, curas, suegras, etcc…

Aquí van algunas:

Y si tu casa esta ardiendo

y en tu culo un avispero

y tu mujer con el cura

donde acudirías primero.

*

Yo a la mujer la comparo

igualito que a una huerta

que tiene la noria en medio

y el perejil a la puerta.

*

A mi suegra la he metido
la cabeza en el retrete,
y cuando se la saqué
tenía hecha la permanente.

*

Y al mozo que hoy se casa
un consejo le doy yo
vete conservando el cirio
que es larga la procesión.

Podéis leer estas y muchas mas aquí y aquí (PDF).

Alejandro Munduate, 66 años un “Ribereño” con historia

“Jandrón” es un pescador de Udalla, popular entre los populares. Sabe de todas las artes de la pesca legal y de todas las artimañas de la ilegal, o, dicho de otro modo, del furtivísimo, porque Alejandro Munduate Fernández, de 66 años de edad, fue en esto de la pesca «cocinero antes que fraile» y todavía guarda en su casa como reliquia de su época de pescador «proscrito», butrones, grampines y otros medios de uso prohibido. Realmente, como él nos diría, «todo el mundo ha sido alguna vez en aquellas orillas del Asón, pescador furtivo».
-Yo, como tantos pescadores ribereños, empecé a pescar siendo un niño, cuando el río se subastaba en tramos y los señores Ocejo e Ibarra tenían la concesión desde Ampuero hasta jel Crucero de Gibaja. Costaba esa concesión en aquellos tiempos 4.000 pesetas. Una vez que ellos se hartaban de practicar la pesca a caña cedían el río a mi padre y a otros tres vecinos y era entonces cuando ya se sacaban los peces a red.
-¿Cuál fue la cantidad mayor de salmones obtenida por ese medio en una jornada de pesca?
-Cuarenta y cinco ejemplares, sacados en Pillu-rengo.
Hablábamos con Alejandro en el barrio de Bulco, junto al río Asón, mientras atendía las faenas habituales de la casa campesina que habita. Fue desde los 13 a los 19 años empleado de la fábrica de licores del pueblo y el año 31 se establecía en Bilbao con un hermano, para regresar el 43 definitivamente a Udalla. De ahí que supiera él dónde vender en Bilbao su mercancía.
-Los salmones que yo pescaba en aquellos tiempos los vendía en Bilbao a seis y siete pesetas el kilo. Un año, en Semana Santa, llegaron a pagarme a 20 pesetas el kilo.
-¿Procedimientos de pesca?
-Todos eran buenos, desde las presas preparadas, al uso de butrones y grampines. Luego he sido un pescador legal y he acompañado a pescar a señores muy importantes. Cuando Franco venía al Asón yo solía acompañar a otro grupo de personalidades que con él venían. Recuerdo al Generalísimo, al marqués de Villagodio, a Max Borrel, a don Eduardo Real de Asúa, a don Agustín Muñoz Grandes, a don Camilo Alonso Vega, a Don Carlos Rein… a muchos.
-¿Y qué pasa ahora con el Asón que no da fruto?
-Para mí que la culpa es de los desoves. Se han llevado muchos salmones de aquí a los ríos asturianos. Los mejores años de pesca fueron los anteriores al 30, hacia el 27, y después de la ordenación del río. Don Jaime de Foxá cuidó mucho de esto. Luego…
-¿A qué se debe esa fama que tienen los pescadores «ribereños» de Udalla?
-A que conocen el río desde niños y saben dónde estan los salmones y a qué hora hay que ir a pescarlos. Por eso dicen que aquí está la «academia». Vienen muchos a aprender.
-¿Con qué elementos cuentan para la pesca?
-Cañas de un «cañal» de por aquí, la cuchara y la mosca.
-¿Cuántos salmones ha llegado a pescar Alejandro en una temporada… en sus tiempos «legales»?
-Unos veinticinco o treinta. El mejor fue de unos once kilos.
-¿Y el que más valió?
-Para mí, aquel que pesqué en Semana Santa, cuando tenía 15 años, por él me pagaron a razón de 20 pesetas el kilo. Con lo que saqué me compré un equipo de jugador de fútbol igual al del Arenas. Unos chavales éramos partidarios del Arenas y otros del Racing; pero como venían a pescar Careaga y otros jugadores del Arenas al río Asón y cada vez que venían nos traían un balón… nos hicimos todos del Arenas.

Entrevista sacada de el libro “Cantabria de pueblo en pueblo”, editado en 1981 por la Caja rural de Santander y el diario Alerta.

Personaje vivo (Eugenio Gómez un albarquero de 80 años)

Era mediodía. El campo no tenía otro movi­miento que el del acarreo de la hierba. Euge­nio Gómez Mantilla, el artesano de 80 años, acababa de regresar de sayar los «panizos».
Se habIa levantado a las cinco de la mañana, a fin de realizar esa labor. Estaba cansado. Pero, aun así, se prestó a hacernos una demostración de cómo se fabri­can unas albarcas, en su rudimentario taller instalado, como todos los de esta naturaleza, en el estragal de su vivienda. Mientras él manejaba la legra nosotros tomábamos nota de sus respuestas a nuestras preguntas.

-Esto del oficio de albarquero lo aprendí de mi padre que era el “as” de la comarca. ¡Yo no he visto otro como él !

Unos trozos de madera de parecido tamaño, el taladrero, aquella especie de «potro» que hace de torno, un banco y toda clase de objetos sobre los que se veía las gallinas y, al fondo, el perro atado que no dejaba de ladrar. Nada ha cambiado allí con los años.

-Se suele emplear en la fabricación de albarcas, madera de nogal, abedul, salce, alisa… Estas son de abedul.

-¿Y qué clase de madera es mejor?

-No hay madera mejor ni peor. Hay abedul bueno y malo, alisa buena y mala, nogal bueno y malo. Depende de como salga.

Se centra en su trabajo, mientras las primeras placas fotográficas quedan impresionadas. El perro ladra y nos interrumpe. Las albarcas aún sin «pintar», están prácticamente terminadas.

-La primera herramienta que se utiliza es el hacha, después la azuela, con la que se da forma a la albarca; el barreno se coge ya cuando hay que hacer la parte interior, para abrir el hueco y, por fin, la legra que es con la que se hace la «casa» o parte delantera donde se mete el pie. El cuchillo o la navaja sirven para dejar lisa la superficie antes de tratarla con lija. Luego se «pinta».

-En otros tiempos yo era capaz de hacerme hasta tres pares de albarcas diarias, aunque me levantara a las 5 de la mañana muchas veces y me acostara a las doce de la noche o ya de madrugada del día siguiente. Ahora tardo tres días o más en hacer un par. La legra es una especie de rizo metálico afilado por los bordes, sujeto a un mango de madera, que nos recuerda esos pequeños instrumentos que se utilizan para sacar «rizos» de mantequilla. Las birutas salen lentamente del interior del calzado de madera. Tampoco hay prisa. No se usa ya tanto este calzado.

Entrevista sacada de el libro “Cantabria de pueblo en pueblo”, editado en 1981 por la Caja rural de Santander y el diario Alerta.

Anchoas a mares

Tal día como hoy, hace 48 años, la lonja santoñesa estableció el récord mundial de venta de pescado en un sólo día Aquella mañana se subastaron un millón y medio de kilos de bocarte para su transformación en filetes de anchoa

05.04.2008 -ÍÑIGO FERNÁNDEZ

La preocupación por la escasez de bocarte, por la situación del caladero en el Golfo de Vizcaya, por el futuro del sector pesquero en Cantabria y por sus repercusiones en la industria dedicada a la elaboración de filete de anchoa y anchoa en salazón no es nueva. Lleva años arrastrándose y nada, o muy poco, invita al optimismo.

Pero las cosas no siempre fueron así. Hubo un tiempo en que el bocarte abundaba, y miles de personas en Cantabria vivían de su captura y su transformación. La flota pesquera (sector extractivo) obtenía en la costera del bocarte los ingresos más importantes de todo el ejercicio. La industria conservera (sector transformador) generaba actividad y trabajo para todo el año.

En los pueblos de Cantabria con tradición marinera, la llegada de la primavera -la llegada del bocarte- era algo así como el fenómeno de la vendimia o de la cosecha. Quien más, quien menos, todos dependían de ello. Y si la costera era buena, esa riqueza se compartía.

Los años de bonanza quedan en el recuerdo de los más veteranos, pero no están tan alejados en el tiempo. Son relativamente recientes. Las décadas de los setenta y los noventa aun arrojaron buenas costeras, pero la auténtica bonanza se produjo en los años sesenta, cuando Santoña se convirtió, hasta hoy, en la capital mundial de la anchoa.

Los años de bonanza

En 1965 llegaron a capturarse en todo el litoral cantábrico 85 millones de kilos de bocarte en una sóla costera. Es una cifra espectacular si se compara con los datos de las tres últimas décadas. Sirva como ejemplo que ese volumen de pescado es tres o cuatro veces superior al que, según los cálculos de los científicos, puede contener hoy en día el Golfo de Vizcaya en sus profundidades.

Para las fábricas, elaborar 85 millones de kilos de anchoa fue algo así como multiplicar por cuatro la producción actual. Entonces, sólo con anchoa del Cantábrico. Hoy, con anchoa procedente de todos los mares del Mundo (Marruecos, Croacia, Irán, China, Argentina, Perú, Chile…), cuyo proceso de maduración y posterior elaboración tiene lugar en las fábricas de Santoña y su entorno. Los años sesenta fueron los de la bonanza. En 1960 y en 1965 se superaron los 80 millones de kilos.

Pero la fecha mítica que nadie olvida es la del 5 de abril de 1960. Tal día como hoy, hace 48 años, en el puerto de Santoña se subastaron un millón y medio de kilos de bocarte. Ello supuso el récord mundial de venta de pescado de una misma especie en un mismo día con métodos artesanales. Hoy, nadie se plantea que aquel récord pueda llegar a peligrar.

Anécdotas y recuerdos

Manuel Adolfo Muela, cronista local y presidente de la sociedad Recuperación Histórica de Santoña (Rehisán), trabajaba en la fábrica de salazones de Giuseppe Sanfilippo, uno de los muchos italianos llegados a Santoña a lo largo del siglo XX atraídos por la anchoa y que, pasado el tiempo, se afincó en la villa para siempre.

El 5 de abril de 1960, Muela tenía 16 años y recuerda que no había ni manos ni capacidad física para absorber semejante cantidad de bocarte. «Hasta las doce de la noche estuvimos en el muelle. Todo estaba desbordado: si tenías carro para transportar la pesca, no tenías caballo; si tenías caballo, no tenías cestos».

En las fábricas «la pesca se tiraba al suelo y se le echaban palas de sal, porque las tinas y las pilas estaban completamente llenas», asegura. De ese modo, el pescado se podía mantener por espacio de varios días antes de ser descabezado y salazonado.

También recuerda aquella jornada Ángel Martínez Estebanet, cuyo padre trabajaba en la báscula de la lonja. «Aquellos días mi madre me mandaba a la venta con la comida para mi padre, porque no paraban de pesar carros en todo el día y el hombre no tenía tiempo ni para ir a casa a comer».

Martínez Estebanet, que regenta un vivero de marisco, almejas y percebes en la calle del Duque, explica que los carros formaban fila a lo largo de Juan Benigno Fernández -donde se encontraba la báscula- y Juan José Ruano, hasta el muelle. Después de pesar, dejaban la pesca en las fábricas y regresaban de nuevo al muelle.

El padre de Víctor Ruiz Teja, presidente de la Cofradía de la Anchoa de Cantabria, era contratista de obras. Aquella mañana los peones y albañiles dejaron el ‘tajo’ y dedicaron la jornada a construir pilas con ladrillo y cemento en el interior de las fábricas, con el fin de incrementar la capacidad de almacenamiento. «Eran pilas de un metro por un metro. La anchoa se dejaba allí con sal», explica. «Aquel día, todo el pueblo se volcó ante la avalancha de bocarte».

Otro de los protagonistas de aquella memorable fecha es Alejandro Collado, que entonces se encontraba al frente de la fábrica Conservas Collado, una de las más antiguas de la villa. Collado recuerda que «la pesca la dejábamos allí, en cualquier sitio, con sal, pensando en que, cuando pasaran aquellos días, ya tendríamos tiempo de que las obreras fuera descabezándola». Asegura que compraron cerca de 100.000 kilos de bocarte, para su propia fábrica y para Conservas Masó.

Una día de fiesta

Las suyas son algunas de las anécdotas de aquel día, pero hay muchas. De hecho, todos en Santoña guardan algún recuerdo de aquel día: las obreras, de las durísimas jornadas de trabajo en las fábricas; los pescadores, de la ilusión por unas ‘partijas’ que se presumían cuantiosas; los fabricantes, de lo que suponía para sus industrias conserveras; los comerciantes y hosteleros, de la riqueza que esas costeras significaban para el resto de los negocios de la villa. Incluso los niños de entonces, hoy cincuentones, recuerdan el espectáculo que significaba para ellos ver el muelle lleno de barcos no sólo de Santoña, sino también procedentes de Orio, Getaria, Bermeo, Lastres… Los niños salían de las clases y se dirigían directamente al muelle.

Todo en aquella jornada fue una fiesta y así se recuerda entre los santoñeses, aunque algunos testimonios se hayan perdido. ¿Qué no podrían contar de aquel día Antonio Cefalú o Tomás Hoya, por citar dos pérdidas recientes, y tantas y tantas obreras de las fábricas conserveras?. Afortunadamente, la memoria colectiva de Santoña conserva el recuerdo de aquella jornada, una de las más memorables, sin duda, que la villa haya proporcionado a lo largo de toda su historia.

Fuente: D.Montañés

El “Tio” Juan Manuel un carmoniego de 96 años

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Noventa y seis años a sus espaldas ; casi un siglo de mundo a cuestas y cuerda para rato. Todavía hace unos días este “tío” Juan Manuel se hallaba subido en el tejado de la cuadra de su propiedad, allá, junto al palacio de Mier, poniendo en orden unas tejas, a fin de evitar las posibles goteras cuando lleguen las lluvias. No es un hombre que permanezca inactivo mucho rato y por ello hubimos de buscarle por el pueblo. Como viejo zorro en su madriguera, le encontramos echando un cigarro a la sombra “a la vera” del ganado.
Luego ya al sol, nos diría: -Aquí nací y aquí estoy.

Si señor, ahí está, tan pimpante, con magnifico humor y un aspecto envidiable. Todo un patriarca, con ocho hijos, veinte nietos, dieciocho bisnietos.
Habla y entre bocanada y bocanada de humo, hace un gesto, para tratar de captar mejor nuestras palabras adelantando la cabeza. Después de manera leve nos cuenta su vida.

Yo llevo albarcas todavía. Aquí, en tiempos hubo un albarquero en cada casa, sabe. Y con este oficio compartí, como otros, el de cuidar el ganado y subir hasta el pueblo de Sejos en aquella época en que había osos y lobos, a cuidar las vacas, permaneciendo en las cabañas hasta tres meses. Vi mas de uno de esos animales por allá arriba.
¿Mato alguno?
Yo nunca fui cazador.

Parece como si ese oficio ancestral de hombre-cazador no hubiera ido con estas gentes de Carmona. Al “tío” Juan Manuel le gustaba la paz plena con los habitantes del bosque, el compartir las jornadas con los amigos. Y así, entre éstos contaba a Manuel Llano, el escritor costumbrista nacido en Sopeña.

Yo era muy amigo de Manuel Llano, por que aunque nació en Carmona vivía aquí, en el barrio de La Pesa y su padre era de mi edad. Aquel hombre no se dedicaba a nada. Venia y charlábamos de cosas, sin mas.

De vez en cuando, el cigarro de nuestro personaje aparecía en sus labios. El tono amarillento de aquel “papel” nos llamo la atención y, curiosos, hicimos un inciso en la conversación para preguntar por la clase de envoltura que utilizaba el viejo carmoniego.

Es hoja de maíz. Yo la utilizo desde hace más de sesenta años. Compro el tabaco de picadura y… ¡ ya esta ! No hay mejor papel…

Observamos atentamente, ya mas interesados, el cigarrillo con aspecto de “canalón” italiano. Estas hojas de maíz se obtienen de las panojas seleccionadas cada año para la nueva semilla, conservadas por las mujeres en manojos. No hay mas que cortarlas al tamaño deseado con una navaja o tijeras y guardarlas enroscadas. Pero la cosa así de simple resulta que requiere un proceso extraño para su utilización como “papel” de cigarrillo: aquella especie de pasta retorcida ha de ablandarse con saliva, antes de poder ser utilizada; una vez adquiere la flexibilidad deseada, ya puede manipularse.

-Todos los hombres del pueblo fumaban antiguamente los cigarrillos con hoja de maíz. Hoy solo yo empleo este sistema.

Se lo vimos repetir en una nueva ocasión. Vimos como la hojuca retorcida era ablandada, pasada una y otra vez por la lengua; la vimos consumirse en la boca del nonagenario lentamente, como una pavesa. ¿ A que le sabrá ?

Dos viajes hice a Andalucia y en los dos me llevé conmigo la hoja de panoja, para fumar mis cigarrillos.
Imagínese la cara que ponían allí.

Esta misma, este mismo asombro de la nuestra y no solo por el cigarrillo, sino por nuestro singular personaje, cuyo secreto de longevidad podría hallarse no sabemos si en su régimen alimenticio, en su método de vida o en su temperamento…

– No tengo ningún secreto: Duermo unas doce horas diarias: trabajo de acá para allá, bebo un vaso de vino con las comidas tan solo y fumo mucho. Lo unico que me falla por ahora es la vista. Voy a tener que ir a Santander a que me vea el oculista.

Entrevista sacada de el libro “Cantabria de pueblo en pueblo”, editado en 1981 por la Caja rural de Santander y el diario Alerta.